Hernán Díaz (1931-2009), retratado por Rafael Moure.
El fotógrafo Hernán Díaz, quien acaba de morir, vivía en La Colina de la Deshonra, el tramo de la calle 26 que sube acezante desde la carrera Quinta hasta la Cuarta, lleno en el costado norte de una hilera de casas de innegable personalidad, diseñadas por el arquitecto Paul Studer, a quien Hernán, de niño, había conocido en su época suiza. Ahí se hacían las mejores fiestas de Bogotá, a veces las más locas, con proyecciones de películas filmadas por alguno de los presentes, disfraces, teatro improvisado. Casi siempre el anfitrión era Enrique Grau, conversador maestro, narrador de deliciosas historias macondianas antes de Macondo sobre sus tías de Panamá o sobre la Cartagena antigua, evitando astutamente mencionar que su papá, cuando fue alcalde, mandó tumbar el trozo de muralla que le falta al Corralito de Piedra «para que corriera la brisa» porque hacía mucho calor. La piedra se fue pero el calor se quedó.
El nombre de la calle había sido tomado de una película de Sydney Lumet, The Hill, que se tradujo al español como La colina de la deshonra: haciéndolos treparla varias veces bajo un sol derritiente se castigaba a los militares indisciplinados, incluyendo al macho de los machos, Sean Connery. Aunque el apodo era una simple exageración por lo empinado de la cuesta, los vecinos no intelectuales acabaron usándolo como una especie de castigo social contra sus habitantes, que lo aceptaron con humor y lo usaron con naturalidad (cuando un apodo se adopta pierde su agresividad y se vuelve inocuo). En realidad era un honor vivir en La Colina, y esto es evidente al nombrar a algunos de sus habitantes de entonces: el arquitecto Rogelio Salmona (mientras esperaba que le dieran un apartamento en su edificio de enfrente); el escritor Hernando Valencia Goelkel (hasta que le robaron sus libros); el pintor Enrique Grau: «vente a una fiesta esta noche»; la pintora Beatriz Daza (hasta que se murió de carro); y Hernán Díaz, hasta que el insoportable ruido de la construcción de un insoportable edificio de insoportable color verde pistacho le impidió oír música e interrumpió sus meditaciones y su silencio. Fue cuando decidió irse vivir a un lugar idílico, rodeado de plantas, gatos y perros, en un barrio tranquilo, medio aislado y sin pretensiones, en el norte de la ciudad.
“Todos, todos están durmiendo, / durmiendo, durmiendo en la colina”
Edgar Lee Masters
Spoon River Anthology
Ahora, veinticuatro libros después —retratos, ángeles de Sopó, Cartagena, Bogotá, islas y más ciudades—, podemos afirmar sin equivocarnos que a Hernán le fue muy bien, ya que llegó a ser uno de los grandes de la fotografía en Colombia. Tiempo después, en una chapucera mezcla de generosidad con desinformación, alguien dijo que Hernán había sido mi discípulo, lo que no es cierto. Cuando lo conocí ya era un fotógrafo formado; le faltaba lo que fue haciendo ya como profesional: desarrollar su personalidad, sus gustos, la característica de su trabajo, en suma, encontrar su estilo. Por otra parte, no creo que se pueda enseñar fotografía; se enseña la técnica; se recomienda ver pintores, en general (o en particular a ciertos pintores, como Caravaggio o Latour por el particular uso de la luz); estudiar el trabajo de los buenos fotógrafos (Cartier-Bresson, Gene Smith, Rodrigo Moya, Salgado, Weston, Blossfeldt, para hablar sólo de mis preferencias entre los extranjeros); leer textos claves sobre fotografía: para mi gusto, el mejor de todos, On Photography de Susan Sontag, sin olvidar La Chambre Claire, de Roland Barthes, traducido al español como La cámara lúcida; un revelador ensayo de Hernado Valencia Goelkel sobre Edward Weston, y otro de Sartre sobre Cartier-Bresson. Textos, pues, no faltan.
Hernán Díaz en el Prome nade de Brooklyn, con Nueva York Al fondo
Hernán se topó primero con el cine y contaba que si nunca intentó hacerlo fue por ser insoportablemente solitario (cusumbosolo, decimos en Antioquia) y no saber trabajar en equipo. Parece que la mayoría de los padres han sido reacios a que sus hijos sigan una carrera artística, pensando en la praxis de lo que el código civil llama la «congrua subsistencia». Don Ignacio, el papá de Hernán, trató por todos los medios de que su hijo tomara un camino serio, de exhibidor de cine. El niño coleccionaba fotogramas de películas, pinturas y láminas, sobre todo de artistas de cine, que él veía agrandadas sobre la pared pintada de cal gracias a un ingenioso proyector de su invención, que hizo usando una vieja lata de galletas El Sol, a la que con mucho trabajo le había adaptado un lente, antes de conocer a Ingmar Bergman, y por lo tanto ignorando que en su niñez el sueco había hecho algo parecido. Sin avergonzarse, confesaba que su actriz preferida era Shirley Temple, «esa niña indecente, medio puta, a la que le gustaba mostrar los calzones», según Antonin Artaud.
La prime ra foto de Hernán Díaz: su he rmana Nella, con el Magdalena al fondo
El padre, malinterpretando estos signos, decidió tumbar paredes y unir tres cuartos de la casa de La Candelaria donde vivían para que Hernán tuviera su propia sala y pudiera proyectar películas de 16 mm, que la Metro, Paramount y todos los grandes distribuidores alquilaban, ya que era el negocio de las salas pequeñas y de los cines de pueblo, en donde no había proyectores de 35 mm por caros. Los papás de Hernán tenían un cuarto oscuro donde revelaban sus fotos, sin ser conscientes de que ese misterioso lugar, iluminado apenas por tenues luces rojas y amarillas, ejerce una atracción mesmérica sobre hombres y mujeres. Hernán se sentaba en silencio en un rincón a verlos revelar. Lo que más le gustaba del ritual era cuando, rompiendo bruscamente aquella penumbra, abrían una ventana por la que entraba la luz a borbotones, sacaban un marco de madera y vidrio que comprimía un negativo y papel fotográfico, mientras contaban en voz alta, y luego cerraban el postigo para regresar a revelar en la semioscuridad. Más tarde comprendió el significado de aquel misterio: sus papás usaban la luz solar para exponer sus copias de contacto. Un padre no puede tener un cuarto oscuro sin arriesgarse a que su hijo sea fotógrafo.
Cuando Hernán hizo la primera comunión, «el día más feliz» no fue por haber recibido la sagrada hostia sino un premonitorio regalo: una camarita Kodak Brownie 127, con la que hizo su primer retrato en Natagaima, haciendo posar como modelo a su bella hermana, Nella, con el río Magdalena al fondo. Luego les tocó el turno a sus padres y a los amigos más cercanos.
Pero la inquieta familia decidió irse a vivir un tiempo a los Estados Unidos, concretamente a Nueva York, lo que marcó a Hernán fuertemente y de distintas maneras. Podríamos decir que él era estadounidense, más precisamente neoyorquino, sin dejar de ser profundamente colombiano. Así es que los recuerdos de su temprana juventud no son los comunes de juegos de fútbol en un potrero o paseos a caballo —con caída incluida—, cogida de guayabas con trepada al árbol, idas a las fincas, ver ordeñar, elevación de cometas. No. Él se acuerda de los enormes helados del verano de Coney Island; de la escalofriante montaña rusa llamada El Ciclón, que en lugar de producirle miedo le encantaba; del novedoso Radio City, a donde fue muchas veces, encandilado por la enorme cantidad de luces y deslumbrado por el sincronismo perfecto de esas bellas bailarinas que eran «como una sola mujer con ochenta piernas».
Hernán Díaz construía bellísimas «cajas», como ésta, ded icada al cine.
Y qué decir de los inolvidables viajes en ferry a Staten Island —atravesando esa zona en donde el Hudson, sin dejar todavía de ser río, empieza a contagiarse de sal—, que hacían soñar a Hernán con recorridos por los Mares del Sur o por la Malasia de Salgari, sin dejar de mirar fijamente las crestas de las olas, esperando ver surgir de pronto el Nautilus de Julio Verne, al mando del capitán Nemo. De regreso a la ciudad, se asombraba cada vez viendo cómo los edificios del bajo Manhattan se venían veloces a su encuentro, bajo la impasible mirada, verde y muda, de la estatua de la Libertad, que primero había descubierto en Chaplin.
Definitivamente, Nueva York es la ciudad de Hernán; su amor primario al que regresaba cada vez que podía y a la que, como a una amante, le disminuía o le perdonaba los defectos y sólo le veía ventajas y cualidades. Cada vez que regresaba a Nueva York, gozaba repitiendo los mismos rituales: atravesar a pie el Brooklyn Bridge. Ir a visitar el Zoo del Central Park, perdiéndose después en bicicleta en sus verdes laberintos o gozando del sol mientras trataba de comprobar si es cierto lo que dice el New York Times: que en el parque hay 487 animales distintos. O huir del sol, sumergiéndose en las entrañas de ese ruidoso, divertido, oscuro y veloz dinosaurio que es el metro. Pasar luego un día por el Metropolitan Museum y otro ir al MoMa a visitar viejos amigos, empezando por Toulouse-Lautrec, naturalmente. Ir a la biblioteca pública de la calle 42 a buscar los libros preferidos, de pintura, escultura y fotogra- fía o dirigirse al norte, hasta donde se acaba la isla, y almorzar en el parque de Fort Tryon, viendo pasar a sus pies en silencio el Hudson, mientras comía con vino (en escena que parecía sacada de Renoir o Cartier-Bresson), para luego entrar a los Cloisters a ver una vez más el maravilloso conjunto de flores que llenan los tapices del unicornio, y después salir a admirar ese increíble e imaginativo absurdo de los barones del carbón y del petróleo que se trajeron desde Europa, piedra por piedra, esos majestuosos claustros medievales, que hicieron decir a Borges en La cifra:
De un lugar del reino de Francia trajeron los cristales y la piedra para construir en la isla de Manhattan estos cóncavos claustros. No son apócrifos. Son fieles monumentos de una nostalgia.
Para Hernán Nueva York tenía una sola y fuerte competencia: Cartagena, a la que describió fotográficamente como nadie.
En una de sus visitas al Museo de Arte Moderno Hernán se topó con Henri de Toulouse-Lautrec y quedó prendado. Hasta se hizo tomar fotos, en posición genuflexa, con zapatos en las rodillas, para alcanzar la estatura del enano artista, quien sin quererlo le cortó su carrera de pintor. Empezó a pintar sus cuadros una y otra vez, con esa pasión que solía ponerle a todo lo que le gustaba, hasta que se dio cuenta de que acabaría pintando como Lautrec, sin ser Lautrec. Y recordó la enseñanza de Cartier-Bresson de que en arte lo importante es poder hacer lo que a uno le da la gana.
Clarinetista en las playas de Cartagena, uno de los amores de Hernán.
Entre los múltiples oficios que Hernán desempeñó está el de cabinero, en la compañía aérea Panagra, con base en Cali. Para ese entonces ya tenía una camarita de aficionado y cuando coincidía con un pasajero famoso, sobre todo de aquellos que había visto en la pantalla de cine o en sus láminas, tímidamente le pedía permiso para tomarle una foto. Y los pasajeros se llamaban María Félix, José Mojica, Libertad Lamarque —la llorona expatriada por Eva Perón—, o María Antonieta Pons —la de ondulantes caderas. Para completar su felicidad sólo le faltó fotografiar a Shirley Temple.
El empujón definitivo hacia su carrera de fotógrafo se lo dio el azar, en la persona de Irving Penn: en una revista Vogue que había comprado su madre vio un deslumbrante ensayo fotográfico hecho en el estudio alquilado de un fotógrafo popular de Cuzco, en el Perú, donde el fotógrafo registró de manera superba a los indígenas. Pero su fotógrafo preferido, al quien conoció y derecibió la más grande influencia, fue Richard Avedon. De él aprendió el uso en retratos de mujeres de la beauty light. El azar le dio otro empujón: uno de los socios de su padre en el negocio de las plantas telefónicas, Philip McLaren, decidió regresar a su país, y antes de irse le vendió por un precio simbólico (léase le regaló) una Leica —la cámara que usaba Cartier-Bresson—. El uso talentoso de esa cámara lo llevó a trabajar con publicaciones tan importantes como Life (la revista gráfica más importante de su tiempo) y el diario bostoniano The Christian Science Monitor, en donde publicó un memorable reportaje sobre Virgilio Barco.
La última vez que hablé con Hernán le hice una pregunta vergonzosa, como de redactor de revista de farándula: ¿Cuál es tu imagen preferida? Y el gran fotógrafo, tal vez para disimular mi torpeza y darle un sentido, me sorprendió con su inteligente respuesta:
Para mí lo más importante en mi vida no han sido mis fotos, sino el saber que siempre —al igual que toda mi gente— he estado bien. Quiero repetir y hacer mío el verso de Barba Jacob: «¡Y nadie ha sido más feliz que yo!». Pero como la pregunta es sobre una imagen, podrá parecer extraño que hable de ausencia de imágenes y no de mis fotografías. Siempre se me aparece en forma recurrente en la penumbra, al fondo de la sala de proyección que mi padre construyó para mí, una imagen que me obsesiona: la pantalla blanca, vacía, con su marco negro. Y nada más.
Y es como si ese espacio vacío, esa pantalla en blanco apropiadamente limitada por la ausencia de color que es el negro, lo hubiera estado esperando toda su larga vida para que, poco a poco, la fuera llenando con imágenes de las más bellas que se han producido en Colombia.