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Fernando Cruz, la conciencia de la mirada

Fernando Cruz, la conciencia de la mirada

Fernando Cruz -libro

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Por Miguel Ángel Flórez Góngora

Vínculo al libro

https://issuu.com/home/published/fernando_cruz_2-v10-v04-web_para_ac

https://es.scribd.com/document/423319482/Obras-de-Fernando-Cruz

Las imágenes fotográficas seleccionadas para este libro condensan más de tres décadas de trabajo creativo de Fernando Cruz.

Radicalmente contemporáneas e inteligentes, las obras visuales de Fernando Cruz encierran en el rigor de sus composiciones, en sus sugerencias poéticas y obsesiones formales, en sus contundentes e irónicas alegorías culturales y sociales, en la habilidosa disposición  de luces y sombras, así como en la desafiante iconografía de sus paisajes urbanos y rurales,  la conciencia de una mirada lúcida y la búsqueda perseverante de un mundo propio, que el artista bogotano ha asumido con integridad, pasión y coherencia.

Atraído de manera profunda por el teatro en la década de los años setenta,  Fernando Cruz  inició  a través de ese género de las artes escénicas  un riguroso y  temprano aprendizaje de los recursos visuales y estéticos  vanguardistas que las nuevas y experimentales agrupaciones de dramaturgia nacional, impusieron  al rezagado repertorio teatral de ese momento.

Hoy  a sus 65  años de edad y después de haber trasegado a fondo durante varias décadas por  las herencias técnicas, semánticas y los imaginarios de la fotografía analógica, Fernando Cruz reconoce al teatro como su primera experiencia estética durante sus inicios como actor en el Teatro La Candelaria y luego como  fotógrafo de escena en ese mismo grupo y los colectivos del  Libre, La Mama, el TPB y el TEC.

Su relación con el mundo del teatro al lado de directores y autores como Santiago García, Enrique Buenaventura, Eddy Armando y Carlos José Reyes, de artistas plásticos como Feliza Bursztyn  y María Paz Jaramillo y de fotógrafos como Carlos Duque, así como su participación en  festivales internacionales de teatro en Europa, Estados Unidos, Cuba y Venezuela, le permitieron un conocimiento íntimo y cuidadoso del proceso de construcción de imágenes para la dramaturgia, la puesta en escena, la escenografía y la iluminación en las representaciones del teatro del absurdo o de creaciones colectivas que dominaron los montajes teatrales en los años setenta y ochenta.

A juicio de Fernando Cruz, esta experiencia estética representó un método de conocimiento y un formidable laboratorio conceptual en la búsqueda y la creación de  imágenes y códigos  no verbales que permitían dotar de plasticidad, ritmo  y riqueza visual el conjunto de cuadros, actos y acciones que se desarrollan en el espacio escénico.

“Todo el día trabajaba con imágenes. Buscaba crear  imágenes y las dibujábamos  sobre las paredes. Siempre había un vínculo con la plástica en nuestro trabajo teatral, pero nuestra fuerza era el cine, al punto que construíamos un storyboard  o un guión gráfico para las obras de teatro”, expresa  Fernando Cruz.

A estos descubrimientos formales, se suman también el interés de Fernando Cruz por comprender los momentos de inercia en el teatro, así como los puntos de tensión  o los  instantes  culminantes en los que  el actor llega al climax en la acción dramática.

Las implicaciones de esta herencia artística en la obra fotográfica de Fernando Cruz  se  hace evidente en los prolongados  tiempos  de exposición o  en la inquietante discontinuidad que exhiben sus imágenes, alejadas de los postulados del “instante decisivo” del fotógrafo francés  Henri Cartier Bresson y más cercanas a la poética  de la “latencia perpetuada”, asumida por varios artistas contemporáneos, sin que sus fotografías se despojen totalmente del elemento inesperado, tan propio de la tradición clásica del fotoperiodismo.

“Trabajé en la revista Cromos durante varios  meses y eso me llevó a pensar que no deseaba  quedarme haciendo fotografía de reportaje periodístico, orientada a registrar los momentos sorprendentes  de un hecho noticioso. Siempre he creído  que los tiempos de la fotografía, también  se corresponden con los momentos, hablando de forma metafórica, en los que se detiene el columpio en su oscilación. En sus  momentos de velocidad, hay instantes en los que el columpio se detiene, se suspende, pero está en movimiento. Esos puntos de tensión también se dan en la realidad con relación al tiempo y es esa latencia e inmovilidad,  la  que trato de registrar en la cámara”, puntualiza Fernando Cruz.

Al mismo tiempo, las propuestas visuales de Fernando Cruz parecen explorar de manera profunda la visión de Edward  Weston (1886-1958) sobre la composición, al considerar que esta ofrece al fotógrafo la posibilidad de observar  en profundidad la naturaleza de las cosas y mostrar la realidad básica. “Le permite revelar la esencia de lo que está frente a su objetivo con tal claridad de percepción que el espectador puede llegar a encontrar la imagen recreada mas real y comprensible que el propio objeto”, según escribió el artista norteamericano.

Igualmente para Weston, esta ventaja solo es posible, si el fotógrafo  “se mantiene libre de toda formula, dogma artístico, regla o tabú. Solo entonces es realmente libre para utilizar su visión fotográfica en el descubrimiento de la esencia del mundo en que vive”.

Experiencia y visión

Y sin lugar a dudas, Fernando Cruz se ha tomado toda la libertad creativa o ha decidido  seguir a sus propios instintos para transformar sus experiencias estéticas  en nuevas percepciones que alteran y modifican a partir de la reflexión crítica, el sólido repertorio de certezas previsibles, que hemos acumulado por comodidad o cansancio,  sobre nuestros imaginarios visuales.

De ese modo y bajo su penetrante mirada de fotógrafo, la ciudad  se nos revela entonces en sus imágenes como una populosa, atiborrada  y enorme fortaleza de cemento, asfalto, vidrio  y acero  que intenta escapar de la naturaleza, protegiéndose  de su dinámica orgánica,  imprevisible y azarosa.

Las meditaciones visuales de Fernando Cruz nos hacen conscientes de la inútil tentativa de separar los espacios urbanos de la naturaleza. Los densos mantos de neblina que corren de los páramos cercanos o el conjunto de luces blancas que se precipitan de manera vertiginosa desde los cerros hacia la sabana de Bogotá, parecen advertirnos en sus registros fotográficos de la necesidad de desmontar las fronteras culturales que hemos interpuesto entre el mundo natural y las urbes actuales.

Los paisajes de neblinas y bosques  captados en las fotografías a color de la serie  Los Cerros  Guardianes, Oteador Oriental 2015, no sólo fijan en nuestra retina el placer visual de las atmosferas densas o tenues creadas por la luz matinal y  la singular veneración del fotógrafo por los entornos naturales que rodean a Bogotá, sino que también presagian  las amenazas y peligros que se ciernen sobre los ecosistemas por la expansión vertiginosa de la civilización urbana.

En su búsqueda de significados de la naturaleza, Fernando Cruz realiza en forma ritual cada semana prolongadas e intensas caminatas a los páramos y bosques nativos cercanos a Bogotá, que le permiten al fotógrafo conocer y gozar del paisaje, pero al mismo tiempo el de documentar el actual estado de  estos ecosistemas y nutrir su actual proyecto fotográfico sobre la naturaleza.

 “La naturaleza es una presencia. Me interesa la relación de la ciudad con la naturaleza. También buscó a la naturaleza, para observar cómo  se ve la ciudad desde la montaña. Desde allí percibo el eco de la ciudad y constato las relaciones sutiles que existen entre el páramo y Bogotá. Ambos mundos están entrelazados  por la vegetación, la luz, el agua y las atmósferas que comparten. Nosotros hemos transformado a la naturaleza, pero es imposible alejarse de ella. Hay que cuidar el páramo, porque  está ligado a Bogotá y nunca podremos prescindir  de esos santuarios de flora y fauna tan cercanos a la ciudad”, sostiene Fernando Cruz.

Pero hay otras huellas que la voluntad modernizadora de la sociedad urbana e industrial emergente ha impuesto sobre el paisaje y que Fernando Cruz ha deseado registrar e interpretar en su radical vocación  de transformar la mirada en una forma de conocimiento.

La mutación de las ruinas

Así lo sugieren las cautivantes imágenes  de Coque,  2006-2013 y SurOriente, surgidas del registro meticuloso de entornos transformados por actividades extractivas del carbón mineral y la explotación de arcillas en Bogotá, así como en poblaciones de Cundinamarca y Boyacá.

Ricas en detalles y tonalidades, estas composiciones derivan en alegorías visuales intemporales en las que superponen el devastador impacto de las prácticas mineras sobre la naturaleza y la involuntaria evocación de ruinas de civilizaciones prehistóricas, estructuras precolombinas o de bastiones arquitectónicos sumerios emergiendo en medio de la erosión o el follaje.

Pero igualmente Fernando Cruz ha incursionado en otros esfuerzos de representación visual que le han permitido cimentar una obra diversa y enriquecida por sus experiencias y  logros personales. En ese sentido, no resulta fortuito que en la construcción de las fotografías que conforman Redes, 2009, el artista haya  explorado con la cámara las formas, las siluetas  y la geometría infinita que surge a partir de los juegos de luz y sombra en las texturas, los encajes  y el tejido femenino, que enriquecen nuestro sentido de la verosimilitud y permiten derribar las barreras para acceder al universo, supuestamente inescrutable, de las apariencias.

Redes es un trabajo hecho con las herramientas de la fotografía analógica y química, porque a través de esta técnica busco descubrir qué es la luz. La fotografía analógica te obliga a pensar sobre la imagen, sobre su origen y el proceso mismo de la imagen. Te  enseña a perder el sentido de la inmediatez y a meditar en la luz. A  tener conciencia  que lo que produce la imagen es la luz.  Si se estudia la luz, se entiende cómo se crea la imagen y ello te obliga a  tener una conciencia de la mirada”, afirma Fernando Cruz.

El espejo de la memoria

Bajo esa premisa, el de construir una conciencia de la mirada, Fernando Cruz también ha orientado su percepción visual hacia otros territorios, que se convirtieron en desplazamientos oportunos y renovadores en su quehacer artístico, llevándolo a reflexionar e intervenir sobre el paisaje citadino, para proponer signos, diálogos, encuentros  y nuevas lecturas   sobre los espacios urbanos de la ciudad y las fuerzas culturales y sociales que los condicionan y moldean.

Obras como Los años ochentas, No transite por zonas no iluminadas,  Polvo eres e Iluminando la oscuridad, Cementerio Central, Bajo los Puentes, Ciudad Kennedy: memoria y realidad, Gris Go Home, conforman el  inventario estético de esa apuesta contracultural que  muestra a través de la fotografías los usos insospechados y las exclusiones del espacio público con su consecuencia inevitable de segregación social, así como la construcción de imaginarios y apropiaciones culturales colectivas.

Una muestra de ello es el proyecto  de creación plástica Ciudad Kennedy: Memoria y realidad, ejecutada con Raúl Cristancho y estudiantes  egresados de la Escuela de Bellas Artes en el año 2003, que incluye  imágenes que revelan el vigoroso diálogo transcultural  que  la comunidad  del barrio Ciudad Kennedy, situado al occidente de Bogotá, sostiene con su propio pasado y que se ha traducido en la apropiación social e iconográfica de la legendaria figura de John F. Kennedy, impulsor en 1961 a través de la Alianza para el Progreso del proyecto urbanístico y devenido en mito y  huella sentimental,  entronizado  en los rincones  o en la paredes de las viviendas en compañía de las estampas del Divino Niño o el sagrado Corazón.

Esta cohabitación cultural y simbólica no excluía por supuesto la inspirada “usurpación” popular del estilo aristocrático, la seducción  y el glamour  juvenil de la fotogénica  Primera Dama de los Estados Unidos Jackie Kennedy,  imitada en su modo de vestir y encanto personal por las amas de casa, las trabajadoras y las jóvenes habitantes del Barrio Ciudad Kennedy.

Estos registros visuales de Fernando Cruz ponen en evidencia las dinámicas culturales que alimentan y retroalimentan la memoria popular moderna. Sus imágenes nos ayudan a comprender los procesos de decodificación de las representaciones colectivas y la sustitución de las identidades locales por los fenómenos de transculturación, que han diluido las fronteras entre lo propio y lo ajeno.

Dentro de su exploración fotográfica de las manifestaciones culturales urbanas, Fernando Cruz también nos hace participes de los ritos  sociales que las comunidades   comparten en relación a la muerte y en especial de las  vivencias en torno a uno de los espacios urbanos que alberga la intimidad más venerable junto a la promiscuidad social, cultural y simbólica  más abierta: los cementerios.

El taller fotográfico titulado Iluminando la oscuridad, Cementerio Central de Bogotá 2015, cuya exhibición “Gloria” se realizó en mayo de ese mismo año en la reinauguración del Centro Colombo-Americano de Bogotá y que contó con la participación de la fotógrafa e investigadora Pilar Suescun y  alumnos de las Universidades Nacional y de la Jorge Tadeo Lozano, buscó experimentar a partir del manejo de la cámara oscura, con los principios básicos para fijar la imagen a través de la luz y el reto de buscar ángulos de visión creativos por parte de los fotógrafos aficionados en su intento  por registrar detalles, tomas amplias, cercanas o distantes de las tumbas, los monumentos, las lápidas, las esculturas, las efigies  y los mausoleos que conforman el paisaje arquitectónico de ese camposanto urbano, estableciendo una cartografía visual de los puentes culturales y alegóricos  que unen la  vida y la muerte.

Al intentar comprender cuál es el lugar que se la asigna hoy a los espacios de la memoria dentro de los vertiginosos procesos de urbanización, Fernando Cruz ha venido realizando desde hace varios años una serie de registros fotográficos  de este lugar ubicado entre los barrios Santafé y Samper Mendoza, para potenciar a través del uso de una cámara artesanal como lo es  la cámara oscura,  las múltiples miradas culturales, religiosas y sociales  que suscitan las ceremonias y rituales  que vinculan la ciudad de los vivos con el mundo en donde reposan las almas en su viaje a la eternidad, según la creencia popular.

Uno de nuestros propósitos con este taller sobre el Cementerio Central de Bogotá y el  uso de la cámara oscura, estenopeica o de pinhole,  que se realizó  el 26 de abril de 2015, no sólo fue el de conservar  y reflexionar sobre los conocimientos en el uso de las técnicas antiguas de fotografía, las cuales  posibilitan el trabajo manual directo del artista en todo el proceso técnico de la fotografía analógica. También buscamos ese espacio urbano, porque el cementerio, no sólo es un lugar en donde se puede encontrar  paz, sino que allí conviven todas las creencias y convicciones religiosas, sino también los colectivos de  los travestis o los gays, que rinden memoria a sus muertos, junto con personas de otros grupos sociales o clases. Nosotros queríamos mirar ese  diálogo que existe entre la ciudad y las tumbas. Además, el cementerio tiene un gran valor como patrimonio, arquitectónico y como historia social y cultural que valía la pena registrar para la fotografía”, acota Fernando Cruz.

Fernando Cruz seguirá descifrando con su cámara el contradictorio e inquietante  laberinto de la realidad, confiado en  que la fotografía, ese espejo de la memoria, como la definió la erudita norteamericana Beaumont Newhall en su legendaria historia de este arte, sigue representando una herramienta inestimable en la lucha persistente de los hombres contra el olvido y el paso del tiempo.