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ESTAS MURALLAS LLAMADAS LIBERTAD

ESTAS MURALLAS LLAMADAS LIBERTAD

“Libertad incondicional” de Carlos Duque

Museo de Artes Visuales de la UTADEO

16 de febrero 7 pm

 

 

 

 

ESTAS MURALLAS LLAMADAS LIBERTAD

Por: Carlos Duque

 

                                               “Podrán encerrar mi cuerpo, pero mi mente

                                                 siempre será libre”

                                                                       –Interno de la Cárcel Distrital

 

Lo que se inició como un ejercicio plástico de realidad virtual se convirtió en una profunda experiencia de vida que he titulado “Libertad incondicional”. En principio, se trataba de un juego casi inocente por medio del cual una persona recluida en prisión podría hacer “realidad” teletransportarse a un sitio determinado fuera de prisión gracias a la magia de la fotografía. La cosa parecía sencilla: le preguntaría a hombres y mujeres recluidos en prisión: “si, en este instante, usted estuviera afuera, ¿cuál sería un lugar donde disfrutaría al máximo su sueño de libertad?”. Tomaría nota de los lugares elegidos, agarraría mi cámara, iría y tomaría la fotografía del sitio señalado, la imprimiría en tamaño gigante, la llevaría a la cárcel, la desplegaría a modo de telón de fondo en uno de los patios de prisión donde el recluso interactuaría libremente con la imagen del sitio que escogió mientras yo haría ¡clics! de esos momentos de felicidad incondicional.

 

La idea rondó mi cabeza por más de diez años y ya parecía hacer parte de mis archivos muertos, hasta que apareció César Caballero, el hombre de los estudios de opinión, agudo espía social y amante del arte quien, en una reunión de trabajo, me comentó que, en el 2017, su empresa Cifras y Conceptos cumpliría diez años de fundada y que le gustaría celebrar con algo diferente al clásico ruidoso y efímero coctel de amigos. Entonces, me pidió que pensara en algo y me dejó sembrada su inquietud. En pocos días, desempolvé mis notas, las complementé con una propuesta acorde con la naturaleza científica y social de la empresa y, así, aquella remota idea se hizo realidad como una experiencia que me marcará para siempre. La serie de retratos de reclusos “teletransportados” a lugares de libertad anhelados se convirtió en una mirada dramática y cercana a los jóvenes colombianos y su relación con valores y temas como la justicia, la libertad, el poder, la familia, el dinero, el país y la religión.

 

La base del proyecto se trabajó en la Cárcel Distrital de Bogotá, que por sus características institucionales y administrativas ofrece el escenario ideal, ya que, a diferencia de la mayoría de centros de reclusión, no presenta los problemas de hacinamiento e inseguridad que los caracterizan. Aquí, las condiciones generales del interno son dignas y respetuosas. Una particularidad importante de este centro penitenciario es que cuenta con un pabellón anexo de mujeres, lo que nos permitió que el ejercicio integrara una mirada mixta. El grupo con el cual trabajamos está conformado por veintidós hombres y mujeres jóvenes seleccionado por la Fundación Teatro Interno bajo la dirección de Johana Bahamón, entidad cultural cuya labor está centrada en ejecutar y apoyar programas de resocialización en distintas cárceles del país a través de obras y manifestaciones artísticas productivas.

 

Este proyecto tiene múltiples componentes: una exposición de doce retratos de reclusos en sus lugares virtuales de “libertad incondicional” realizados por mí, un taller sobre retrato fotográfico en el que se hizo una selección de cuatro internos para que cada cual hiciera cinco retratos de compañeros o compañeras de prisión que ellos mismos seleccionaran y cuyas fotos hacen parte de la exposición, un taller de capacitación de reclusos para la realización de encuestas intramurales y un taller de escritura narrativa para el equipo de Cifras y Conceptos. Este equipo estaba encargado de hacer entrevistas dentro y fuera de la cárcel y de coordinar la ejecución de las encuestas del estudio, cuyo objetivo era relatar la experiencia no solo en términos estadísticos, sino literarios. También hace parte de la obra el libro-catálogo que recoge el total de las fotografías de la exposición, las conclusiones del estudio y los textos que las describen e interpretan. Una copia de la exposición ha sido adaptada para facilitar su presentación en distintas cárceles del país. Por último, se produjo un documental que registra el proceso de la obra como apoyo pedagógico en las exposiciones, foros o conversatorios sobre esta bella y penosa experiencia.

 

¿Qué fue primero, la cárcel o el delito?

 

De este ejercicio surge una radiografía dolorosa que refleja las inmensas limitaciones que padecen nuestros jóvenes para sacar adelante proyectos de vida socialmente productivos, particularmente aquellos de estratos sociales bajos, que son quienes tienen mayor exposición a los riesgos de la delincuencia como forma de supervivencia.

 

Se trató de conversar con hombres y mujeres de 18 a 29 años, encarcelados o no, escuchar sus historias, sentir sus rubores, sus miradas, su desconfianza y descubrir sus distancias con las instituciones, su ignorancia e ingenuidad frente a la complejidad de un mundo que los limita y reprime por falta de oportunidades, encerrados en una sociedad estrecha donde ni el estado ni la sociedad logran asumir la responsabilidad de ofrecer un futuro digno a sus jóvenes y donde el concepto de libertad se reduce a estar vivos. A pesar de los delitos cometidos, los hombres y mujeres jóvenes que colman nuestras cárceles son tan inocentes como los que están afuera, están condenados a prisión desde que nacen, su primer encierro es la pobreza. No puede haber una sociedad más injusta y tramposa que aquella que, por la indolencia e ineptitud de su dirigencia, estimula el delito para luego dejar caer sobre sus jóvenes delincuentes todo el peso de una justicia adulterada. No es cuestión de desconocer el grave problema que representa la delincuencia juvenil, el asunto es tener en consideración aquellos factores sociales que inciden directamente en la comisión de delitos, los cuales deben ser neutralizados por medio de políticas públicas que ofrezcan a la juventud más vulnerable mejores oportunidades para construir proyectos de vida humanos y útiles a la sociedad.  Aquí la educación juega un papel fundamental, tal como se evidencia en los indicadores correspondientes: según las cifras del Inpec del 2015, casi la mitad de la población carcelaria está compuesta por jóvenes entre los 18 y 29 años de edad, y de la población general de reclusos cerca del 70% no alcanza el nivel de escolaridad secundaria. Este panorama es más dramático si tenemos en consideración que estos indicadores están alimentados básicamente por personas de los estratos uno al tres.

 

Las conclusiones obligadas de este experimento son: que la crisis social que vive el país golpea particularmente a nuestros jóvenes, que nuestra justicia sufre de profundas contradicciones cuando se trata castigar el delito y que la educación es el medio primordial de la libertad.  Las cárceles no pueden seguir siendo consideradas como simples depósitos de nuestros errores sociales, no es posible seguir escondiendo las enfermedades de nuestra sociedad entre los muros de las prisiones mientras el virus del mal esté afuera. Presentamos esta obra como un espacio de meditación sobre el país que estamos construyendo. La coyuntura es propicia dado el camino de reconciliación que hemos adoptado y por medio del cual buscamos fundar una sociedad más justa, equitativa y amable para todos. Mirémonos en nuestros jóvenes si queremos tener una visión del futuro que nos espera, allí está la Colombia que viene, no hay tiempo que perder.